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  • (Publicado en El Libre Pensador el 25/06/2013)

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En estos últimos tiempos de crisis, los ejes en donde se mueve mundialmente las demandas sociales, van creciendo y saltando de país en país, vertiginosamente y de forma desigual y combinada. El común denominador catalizador son: desempleo, falta de oportunidades, corrupción, corta proyección de expectativa de calidad de vida; desencantamiento hacia distintos regímenes en el que se apoyan los privilegiados; altos presupuestos para faraónicas obras o pagos a especuladores (nacionales o internacionales); postergación sobre planes de inversión en desarrollo social; incremento en la carestía de vida. Por dar algunos ejemplos….

Apenas más de quince años comenzaba una etapa de estallidos en los “desequilibrios económicos” puntuales y, circunscriptos a naciones específicas, debido a la política de “reacomodamiento a la globalización” – recordemos la crisis asiática, efecto tequila, caipiriña, tango y muchos otros-.

Luego del estallido de los sub prime y caída de emblemáticos bancos,  los efectos concretos  comenzaron a talar en el pueblo trabajador y sectores medios afines a estos; quienes, despertándose  del largo letargo, avizoraron  que los medios institucionales tradicionales hacía tiempo  dejaron de serles útiles a la defensa de sus reclamos, y comenzaron a experimentar alternativas nuevas de respuestas .  Cierto es, que aún no lograron crear sus propios organismos representativo como clase oprimida; lo  claro está, que se han hartado de las mentiras y promesas para “futuros” que nunca llegan.

Para contener a la población encolerizada, ya no basta los variados artilugios de regímenes burgueses: como dictaduras, democracias, y propuestas populistas. Es justamente este punto, donde los Estados burgueses y, sus órganos de poder, se ven seriamente amenazado.

Ha sido, Paul Mason ( BBC Mundo), quien escribe el 20 de junio pasado que,  “como veterano reportero que ha cubierto por más de 30 años situaciones de control del orden público por medios “no letales”, mi impresión es que el uso de gas lacrimógeno, bastones y cañones de agua está empujando los procedimientos policiales en todo el mundo a niveles “cercanos a letales”, que son cada vez más inaceptables para los manifestantes que salen a las calles sin intenciones violentas”.

Tanto Turquía como Brasil, por poner de ejemplos cercanos en estos días, su “despertar” no ha sido consecuencia de un acontecimiento imprevisible, sino  bien, todo lo contrario.

Brasil, paradójicamente, siempre fue presentado como un modelo de progreso económico, que en los últimos días sorprendió al mundo con sus millones de personas  inundando las calles en decenas de ciudades del todo el país en oleadas de protestas.

Según The New York Time, en alusión a la protesta realizada en Brasil, reconoce que si bien el Banco Mundial ubica al país sudamericano en el 7 puesto, como mayor potencial económico, también registra en el orden de mayor desigualdad situándolo en el 10 lugar de los más bajos en distribución social.

Según el periodista, Gerardo Lissardy (BBC, Brasil, 22/06/2013), “Raul Paulino da Silva, un auxiliar de 25 años que participó de las protestas de Rio esta semana reconoció que ‘es la clase media, sin duda, pero la clase media también usa el transporte público, la clase media precisa de la universidad pública una enseñanza de calidad: estamos aquí en eso’”.

Sostiene este mismo periodista que según la interpretación del  sociólogo Fornazieri, (profesor de algunos de los organizadores de las protestas en la localidad de Sao Paulo y, director académico de la (FESPSP), Fundación Escuela de Sociología Política de Sao Paulo), explicó que “quienes encendieron las protestas son jóvenes de clase media-baja, de familias que han ascendido en la escala social pero que sienten que su renta ya no crece y que el bienestar que alcanzaron es precario”. Además, agregó el entrevistado que, “…esa clase media no tiene una seguridad social efectiva, el acceso a los puestos de salud es muy complicado (…), los hospitales públicos que ella frecuenta están bastante dañados y, el transporte público que usa está deteriorado en las grandes ciudades”.

Finalizó diciendo que: “Esos reclamos terminaron contagiando a una clase media-media brasileña, sobre todo de profesionales liberales con un nivel de ingreso mayor pero que acusa el alto costo de la salud o educación privada, que sube por encima de la inflación”.

“Con la ascensión de la clase media-baja esa clase media-media, perdió su estatus de diferencia. Para mantener su estándar de vida paga mucho y hay un descontento en ambos sectores sociales”.

Sobre inclusión y consumo, las “clases bajas” no se han sumado masivamente, aunque han comenzado a manifestarse en los suburbios, con opiniones divididas, según reporta el corresponsal.

Paulo Henrique Martins, que preside la Asociación Latinoamericana de Sociología, además de reconocer la división social y, negara que el reciente crecimiento económico del país mejorara la ligazón social expuso de ejemplo que: “El problema del gobierno de Dilma (Rousseff), es que cree que la ciudadanía es la inclusión por el consumo: yo te financio la motocicleta, la heladera o un auto, y tú ahora eres clase media. La ciudadanía es algo más complejo, es la conciencia de los derechos civiles y sociales, la familia, la solidaridad. No es la inclusión por el consumo“, sentenció.

Turquía:  lo que comenzó como una protesta de los ambientalistas se convirtió en algo mucho más grande: una lucha por parte de grupos dispares por tener mayor libertad en dicho país y por la preservación del orden secular del Estado. A ventiún días de protestas que se llevan a cabo contra el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan,  2,5 millones de personas salieron a las calles en  setenta y nueve ciudades turcas.

Los manifestantes consideran al gobierno autoritario y neo-islamista con características llamativas, por el silencio que suelen guardar los EEUU respecto a las condiciones “democráticas” del país aliado: Un Estado que posee la mayor cantidad de periodistas en prisión de todo el mundo, con restricciones a la venta de alcohol y donde masivos proyectos de construcción están por encima de los derechos humanos.

El  primer ministro, Erdogán, dijo al Parlamento que, “el movimiento era una conspiración internacional contra Turquía para desestabilizar su economía”, como para azuzar las aguas. Del mismo modo, arremetió a la prensa extranjera por lanzar “ataques globales” contra el país y advirtió a los manifestantes que eran peones en un juego más amplio. Para que no quedaran dudas de sus dichos, amenazó con “no mostrar más tolerancia”.

El primer ministro ha instado a los manifestantes a expresar su descontento en las urnas; en las elecciones municipales y presidenciales del próximo año.

Sabe bien que los disturbios deberán pararse mucho antes e intentar un proceso de reconciliación, antes que los mismos se les vaya de las manos.

Desde Estambul, el cronista Mark Lowen, definió al estado actual de Turquía, envuelta en  “una crisis profunda, insegura del camino que tiene por delante.

Buena parte de su población se siente enajenada por el gobierno y no se dejará intimidar por el gas lacrimógeno”; a la vez,  advirtió ver a la nación turca navegando sobre  “aguas peligrosas”.

El mismo Paul Mason, cuando tuvo que cubrir periodísticamente (2001) los desordenes en el Reino Unido y  sur de Europa, reconoció haber hallado el motivo de las protestas: “Cuando cubrí los desórdenes en Reino Unido y el sur de Europa en 2011 la respuesta estaba clara: una generación entera de jóvenes había visto frustradas las promesas que se le hizo. Probablemente trabajarían más allá de los 60 años de edad y saldrían de la universidad ahogados en deudas para toda la vida”. Comparó luego que, “…del mismo modo en que los estudiantes estadounidenses se quejaron en 2009, los empleos a que podían aspirar al graduarse eran los mismos mal pagados y a tiempo parcial que ya tenían cuando eran estudiantes. Conocí a ingenieros civiles en Grecia que trabajaban como meseros. El hecho de que me los encontré en los disturbios ya dice todo lo que hay que saber”, remató.

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