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Crecer, implica reconocer-nos y actuar responsablemente. Podemos equivocarnos o no, pero no implica que no seamos conscientes de nuestros actos. La mediocridad, es la enfermedad que imposibilita al ser humano a desarrollarse; melindrosamente mimetizados en el contexto, y dentro de él,  induciéndonos ser rebaños despersonalizados; meros repetidores inconscientes de frases hechas que, en la mayoría de los casos y a contrapelo de intereses propios, dañan, como una daga mortal que penetra suave hacia el centro de nuestra consciencia, cuyo  objetivo es anularla.

Quién escribe estas líneas, ha pasado en su juventud por la etapa más aguda de la mediocridad: la hipocresía, como etapa superior de la vulgaridad. Desde mi infancia, con formación católica y practicante, solo debía repetir (sin cuestionamiento alguno), el dogmático catecismo enseñado en las iglesias y colegios, rechazando de plano, toda apertura hacia ideas que no encuadren dentro de la “formación” religiosa o social.

Por mi edad, mi formación en la escuela secundaria, transcurrió en medio de una feroz dictadura militar, en donde el libre pensamiento y la consecuente consciencia, estaba vedada. La represión, no ha sido solo militar, sino sistemáticamente ideológica. Los educadores de entonces, oficiaban de custodia en el “bien pensar”, corrigiendo los desvíos ideológicos y sentimentales, por medio de castigos (la inexistencia de premios a los actos individuales, iba de suyo, en la regimentación escolar).

El contexto social

Un suceso, sacudió nuestra letanía. Fue el 2 de abril de 1982, cuando nos enteramos que el ejército argentino, había recuperado por sorpresa las Islas Malvinas. Yo tenía por entonces 18 años, con varios amigos y familiares, quienes semanas antes habían ingresado al servicio militar obligatorio. Ese mismo día, la histórica Plaza de mayo comenzó a poblarse, en peregrinas mareas humanas entusiastas en loas y con banderas argentina, demostrándole su simpatía a la gesta  conducida por el genocida que comandaba la presidencia, General Galtieri, quien días antes, había ordenado reprimir una movilización en contra del gobierno de facto, realizada por la CGT. Pronto, se  reagruparon personas  debatiendo en la plaza, sobre la conveniencia o no, de ir hacia una guerra  contra una de las potencias más grandes del mundo, como era (es), Gran Bretaña. Imperaba a la sazón, el sentimiento por sobre la razón. No cabía (es mi sensación) en aquellos tiempos, duda alguna que las Malvinas eran (son) Argentinas, y que el acto en sí de retomarla y expulsar al enemigo inglés, era legítimo….Luego, supimos que la dictadura, lejos de querer liarse con los ingleses y la OTAN, habría realizado la “patriada” al verse rodeada de un profundo rechazo popular que atinaba a manifestarse en forma progresiva; y de este modo, creyeron que lograrían desviar la atención hacia  la aventura, generando el tiempo suficiente hacia la recuperación como régimen, bajo apoyo de los EEUU, en recompensa por  sus servicios contra la “lucha anti-comunista”.

La historia es más o menos conocida sobre el derrotero de la guerra y la caída del régimen sanguinolento de  mano fuerte, que terminó expelido y repudiado por toda la población entera del país y del mundo.

La primavera democrática, logró canalizar a través del electo presidente de la UCR, Raúl Ricardo Alfonsin, el repudio general;  abrigando, en el conjunto de los trabajadores y el pueblo, la esperanza de un cambio profundo que nos volviera a colocar en estándares de vida de mejor calidad, como había prometido en su campaña electoral, diciéndonos que, “Con la democracia se cura, se educa y se come” Duró poco el encantamiento y a los pocos años tuvo que adelantar la entrega de su gobierno, cercado por una inmensa crisis hiperinflacionaria jamás vivida en la historia del País, sumada a la oprobiosa “ley de punto final” y “obediencia debida” concesionada hacia los militares levantiscos (1986), quienes reclamaron acuartelándose, el cese de los procesamientos judiciales contra las autoridades militares responsables de los crímenes acusados de lesa humanidad.

El adelanto de la entrega presidencial recayó sobre un impredecible político del Peronismo (Carlos Saúl Menem), prejuzgado de populista, por propios y extraños  Realizó un cambio de timón en 180 grados, aplicando una brutal política liberal de ajuste. Impulsó, bajo el acuerdo de Washington, las privatizaciones más salvajes e inimaginables, con el objetivo de cumplir con los acreedores externos aquellas deudas espurias asumidas bajo el gobierno anti-democrático (el militar), conjuntamente con leyes anti-obreras, como la llamada  regulación laboral y, la libertad de comercio internacional, con nuestras empresas nacionales en franco quebranto financiero para competir con los productos provenientes del exterior. Domingo Felipe Cavallo, ministro de economía (funcionario del extinto gobierno de facto), creó su plan de restructuración económica y anti-inflacionaria, con la tristemente  ley de convertibilidad: que implicaba sobre cada moneda nacional, ser respaldada por el peso del dólar en una proporción 1:1. Esto llevó a garantizar fenomenales negocios financieros en detrimentos de la producción, ya que al mantenerse la tasa de cambio fija, las financiaciones en pesos, bancarias y de tarjetas de créditos, rondaban en rededor del 30 o 40%; se los convertía en dólares, transfiriendo las tasas de pesos a U$S y, de ahí, remitirlo al exterior.  En ese marco de brutales ganancias financieras, se hicieron más rentables que la producción…y, con un dólar barato, los productos importados ganaron de inmediato terreno sobre los pocos escombros que quedaban de la industria argentina. Centenares de miles de desocupados y desplazados de los circuitos de producción comenzaron a hacerse oír a través de piquetes y protestas callejeras. Sin embargo, Carlos S. Menem, granjeado al nivel de estadista por el FMI y Banco Mundial, logró su segundo mandato, gracias a un acuerdo con su antecesor (Alfonsin), quienes firmandor el denominado “Pacto de Olivos”, en donde se habilitaba la reforma constitucional, que allanaba un segundo mandato re-electivo para el entonces presidente Menem y una apuesta en la consolidación del bipartidismo (PJ-UCR), hacia la alternancia del poder. El Presidente Menem, retrocedió aún más en derechos humanos, sancionando la ley de anmistía a los pocos procesados militares, con el objetivo- según consideraba-  de pacificar al país. En su segundo mandato, comenzaron a dar muestras aceleradas de las consecuencias de la nefasta política económica y social,  brotando los diarios cortes de rutas de los marginados- desocupados, siendo parte del telón de fondo con mas estruendo, en un país (al decir por los oficialistas de aquellas épocas) que aspiraba presentarse ante  toda la orbe , como una nación  digna del primer mundo… invisibilizando a los pobres e indigentes, desde luego.

Menem, terminó su segundo  mandato. La elecciones que se realizaron después, seducía a la población  en la leve esperanza (nuevamente) por sus prédicas anti-menemistas, de que el candidato y luego Presidente, Fernando De La Rúa (UCR), conjuntamente en alianza  con otros componentes escindidos del PJ (FREPASO), lograran reivindicar el republicanismo y acabar con la corrupción, tan instalado en el anterior mandatario. Este apasionamiento popular pasó en un tris, dejando alelado ni bien comenzaron a transitar el gobierno, a los votantes que les creyeron que irían a cambiar el rumbo. Como corolario, fue el ex ministro Cavallo (nuevamente), quien pasó a las filas del débil gobierno de la alianza, trayéndoles como regalo: primero el “corralito”, y por último el “corralón”. Fue el fin, luego de un desesperado Gobierno intentando un “toque de queda” y represión masiva, en respuesta hacia los manifestantes que salían enardecidos exigiendo  la renuncia del ministro de economía, y segundos después las del mismísimo Presidente De La Rúa. “Piquetes y cacerolas, la lucha es una sola”,  unían a piqueteros desocupados con los caceroleros (de sectores medios) en simpatía mutua. El clima se enardeció, logando juntar en la desesperación del pueblo su consigna poco clara de tanto atropello: “que se vayan todos, y no quede ni no solo”… El sentimiento, era el hartazgo hacia los políticos tradicionales: mayoritariamente contra los popes del Partido justicialista y el radical. La Confederación General del Trabajo (CGT), se mantuvo ausente y fiel al sostén  del sistema capitalista – ¡no vaya a ser cosa que perdieran ellos también al exponerse!-,  con privilegios de los que se nutren del mismo.

En un lapso de pocos días, se sucedieron varios presidentes provisionales, hasta que lograron acordar imponer, por vía institucional democrática burguesa consensuada, al ex.vice-presidente del primer mandato de Menem: Eduardo Duhalde. Este y asesorado por su primer ministro de economía, decidieron de un plumazo salir de la convertibilidad, reduciendo los salarios en cerca de la mitad de su poder adquisitivo. Pesificaron los ahorros y comenzaron  a direccionar sus políticas en base a la extracción de materias primas y producción incentivados gracias a la diferencia cambiaria, para lograr colocar  productos en el exterior, ante la nula financiación desde los organismos financieros mundial, dado que el país había decidido entrar en defoult, ante la inexistencias de dinero en las arcas públicas. Creía, Eduardo Duhalde, que podría terminar su mandato en diciembre del 2003, a no ser por los acontecimientos represivos y luctuosos (26/06/2002), que cobraron la vida en una manifestación en el puente Avellaneda,  de dos militantes piqueteros: Maximiliano Kosteki y Darío Santillan,  arteramente asesinados a manos de las fuerzas represivas comandadas por el comisario  inspector Alfredo Fanchiotti y el cabo Alejandro Acosta; generándole una crisis política al gobierno y forzando la convocatoria a elecciones generales para el día 18 de abril del 2003 y el traspaso del mando al nuevo presidente, el 25 de mayo del mismo año.

En las elecciones realizadas luego, se presentaron entre varios candidatos, dos de cuña peronista: Carlos Menem  y Nestor Kirchner, quienes obtuvieron 24,3% y 22,00% respectivamente. Carlos Menem, no se presentó al balotage, quedando Kirchner como presidente, sin necesidad de una segunda vuelta electoral definitoria.

A partir de entonces y sin cambio en la estructura económica, comenzó el período kirchnerista, con una hábil política de cooptación económica y política de sectores más postergados: sectores mayoritarios  de Madres y abuelas de Plaza de mayo,  sectores piqueteros, empresarios de constructoras y metal metálica afines al agro, arribistas y amigos del matrimonio kirchner de toda laya. De este modo el gobierno comenzaba a cimentar un piso suficiente,  del que no había obtenido en las elecciones generales, para emprender la tarea de conjugar la indiferencia y los reclamos postergados, sin salirse del sistema capitalista. Le brindó un marco ideológico “nacional y popular”, que tendió los puentes necesarios para construir poder, y de ese modo, convencer que esta vez sí, el gobierno representaría al pueblo en su conjunto. El alza mundial de los precios de los commodity, en conjunto con bajo sueldos de los trabajadores -producto de la mega-devaluación-, logró sustentabilidad por algunos años. Antes de morir Kirchner, comenzaba a vislumbrarse la inconsistencia del llamado modelo económico.

La sucesora del Presidente  Nestor Kirchner, ha sido su compañera y esposa, Cristina F. De Kirchner, quien asumió su primer mandato bajo algunas señales de alarma que preanunciaba que el bloque burgues, más precisamente el sojero, comenzaba a dar batalla por una tajada mayor sobre la renta agrícola. Ahí, el gobierno de Cristina de Kirchner, comenzó a tener su principal obstáculo, quedando políticamente debilitado. Luego de varias pulseadas, logró el sector sojero, que cayera la mentada ley de la 125 impulsada por el gobierno, en donde el estado se proponía obtener  un porcentaje mayor de la renta de la misma, quedando al desnudo una crisis política con el vicepresidente de la nación y compañero de fórmula, de extracción radical, Julio C. Cobos, quien le votó en contra al mismísimo gobierno del que pertenecía, produciéndose una crisis interna dentro del equipo comandado por la Presidenta. Esto se reflejó en las elecciones siguientes, donde el oficialismo mermó considerablemente el caudal de votos.

El año pasado, la Dra. Fernandez de Kirchner, se alzó con un 54% del electorado nacional, siendo elegida en segundo mandato. Lejos de aquellos años de bonanza, la crisis mundial (según palabras de la mandataria, “se nos vino encima”), golpea en forma desigual y combinada en nuestro país, que en otras parte del mundo. Pero, golpéa y mucho. Al punto tal, que el discurso del gobierno desde hace meses, ha endurecido su postura llevándolo  a un autismo y encerrona, que será difícil salir sin un cambio de actitud política y económica-social. Ambas, para una salida dentro del sistema (capitalista), tenderá a endurecer los controles sociales y acallar, ya no con prebendas (porque dinero no hay lo suficiente), sino con actos notoriamente antipopulares y, en algunos casos, peligrosamente reaccionarios. Por estos días, las cacerías de brujas contra periodistas opositores, se han acentuado exponencialmente, siendo extremadamente peligroso por el riesgo que conlleva. La CGT, se ha dividido entre: oficialista y, no tanto. La otra central obrera dividida (CTA), posee un gremialista oficial  multiuso, y otro con fundamentos dialécticos y actitudinal, al menos bastante confusos. Los sectores medios y altos, donde ha ganado la presidenta en las últimas elecciones, han comenzado a temer por sus bienes, realizando cacerolazos en un sinfín de reclamos no traducidos en claridad. Los trabajadores más afectados, están haciendo huérfanas experiencias en reclamos de fuentes de trabajo y aumento salarial, a ojos vista de una inflación cercana al 30%, sin apoyo de ningún sector sindical afín al peronismo. La Provincias se han quedado sin caja para garantizar los pagos de sueldos a fin de mes; los gobernadores se arrodillan ante la presidenta, solicitándole que les devuelvan parte de los aportes que realizan a la nación en concepto de regalías y aportes hacia la ANSES;  en su defecto, piden autorización al Gobierno central a emitir bonos negociables a fin de obtener recursos inmediatos para el pago de sueldos y actividades mínimas de gobernabilidad.

Los recursos económicos escasean en demasía, haciéndose perentorio una solución al respecto. El gobierno parece no oír ante el griterío histérico de los vacuos amanuense aplaudidores de  la presidenta. La llanura política, va ganando terreno como una enfermedad contagiosa. Los militantes Camporistas, repiten dogmáticamente el librito interpuesto;  como el catecismo en mi adolescencia.

Lo peor en todo ello, que quienes sufren estas consecuencias, somos los más perjudicados: los trabajadores y el pueblo. Repetimos argumentos a lo largo de la historia, sin medir  consecuencia que de ello deriva. Tomamos todo como viene si esforzarnos en criticar e ir mas allá, de lo que el sistema nos deja .

Es menester buscar o escuchar otro paradigma que nos haga salir del letargo y actuar sin hipocresía. Confiemos en nuestras fuerzas  como trabajadores para cambiar y desarrollarnos, rompiendo con el círculo vicioso de encontrar salidas dentro de un esquema social-político y económico que nos agobia al extremo de la inanición. Dejar definitivamente en creer que algún “patriota” o iluminado” paternalista, nos imponga condiciones enmarañadas de engaños dialécticos. Propongo abandonar  a Peter Pan, y crecer. ¿Qué le parece?

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*. Artículo publicado en El Librepensador el 27/09/2012

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